Camila cerró el sobre con la carta de aceptación a la universidad de sus sueños. Había llorado seis meses por ese papel. Y ahora… no sabía qué sentir. Una especie de vértigo le recorría el pecho: ¿alegría? ¿Miedo? ¿Las dos cosas a la vez? Se quedó mirando la ventana sin entender nada. Quizás Alfredo Bryce Echenique —que murió el día de ayer— hubiera reconocido ese estado al instante. Recordemos que el célebre escritor vivió sus propios sentimientos encontrados de manera muy intensa. Cuando regresó a Lima después de décadas en Europa, describió la experiencia como un «terremoto interno» (Bryce Echenique, 2009). No era solo nostalgia. Era algo más enredado, más humano. Y bueno, eso es exactamente lo que la psicología llama ambivalencia emocional: la coexistencia simultánea de emociones positivas y negativas ante un mismo evento (Larsen et al., 2001).

Sentimientos encontrados: cuando el éxito duele más que el fracaso
Hay algo que Bryce confesó y que pocos escritores se atreven a decir en voz alta: «El éxito de Un mundo para Julius me produce a mí la depresión». Sorprendente, ¿verdad? Imagínate una novela aclamada, traducida a varios idiomas, y él… deprimido. En su libro La felicidad ja, ja exploró esa paradoja con honestidad brutal. A la luz de lo que he leído y también de lo que he vivido he llegado a la conclusión que esto no es tan raro como parece. El psicólogo Martin Seligman, fundador de la psicología positiva, advierte que alcanzar metas importantes puede desencadenar lo que algunos llaman «la tristeza del logro»: es el vacío que aparece cuando desaparece el objetivo que nos daba dirección (Seligman, 2011). Uno alcanza la cima y no sabe qué hacer con las manos. Pasa más seguido de lo que admitimos.
También le ocurrió a Winston Churchill tras la victoria en la Segunda Guerra Mundial: cayó en una depresión profunda que él mismo llamaba su «perro negro». El triunfo no lo salvó del abismo interior (Storr, 1989). Y lo mismo podemos decir del general George S. Patton que sintió que su vida perdía propósito al finalizar la Segunda Guerra Mundial, declarando que la paz sería un «infierno» para él. Los sentimientos encontrados no distinguen entre perdedores y ganadores.

El vértigo de volver a casa y los sentimientos encontrados
El regreso de Bryce a Lima es quizás el ejemplo más vívido de sus sentimientos encontrados. Treinta años fuera. Y cuando volvió, no sintió solo alivio o alegría. Sintió vértigo. Esa palabra que él eligió no es casual: el vértigo implica desorientación, suelo que se mueve, identidad que tiembla. Esto conecta con lo que la psicología describe como «choque cultural invertido» o reentry shock: la dificultad emocional de reintegrarse al lugar de origen después de una larga ausencia (Sussman, 2002). Suena técnico, pero en la práctica es muy concreto: todo parece familiar y extraño al mismo tiempo. Como mirar una foto vieja donde ya no te reconoces del todo.
¿Has experimentado lo que se siente al volver a tu ciudad natal o el barrio donde creciste después de años? O simplemente volver a casa después de un viaje largo. Recuerdo cuando regresé a mi barrio El Progreso después de 30 años. Qué sensación más extraña. Ocurre una mezcla rara: el alivio de lo conocido y, a la vez, cierta incomodidad. Como si hubieras cambiado tú pero el lugar siguiera igual. O al revés. Me di cuenta de que los sentimientos encontrados no avisan; simplemente aparecen.

¿Cómo lidiar con los sentimientos encontrados?
Bryce no intentó resolver la contradicción. La escribió. La convirtió en literatura. Y eso, curiosamente, es lo que la psicología recomienda: nombrar las emociones ambivalentes en lugar de suprimirlas. James Pennebaker, investigador de la Universidad de Texas, demostró que escribir sobre experiencias emocionalmente complejas reduce la angustia y mejora el bienestar psicológico (Pennebaker, 1997). No porque resuelva el conflicto, sino porque lo hace visible.
Hay algo más que aprender de Bryce: él no pretendió estar bien cuando no lo estaba. Habló de sus «momentos muy duros de enfermedad psíquica» sin disfrazarlos de anécdota pintoresca. O sea, no te ayuda en nada dorarte la píldora. Se necesita de esa honestidad que, en sí misma, es una forma de lidiar. La investigadora Brené Brown lo llama vulnerabilidad activa: la capacidad de reconocer la incomodidad sin dejar que te paralice (Brown, 2010).
Así que, bueno, la próxima vez que sientas algo que no puedas clasificar entre «estoy bien» o «estoy mal», quizás valga la pena no apresurarse a resolverlo. A veces los sentimientos encontrados no piden solución. Piden espacio.

Los manuales de autoayuda no sirven
Estoy seguro de que Bryce Echenique lo sabía y por ello no nos dejó un manual de autoayuda. Nos dejó algo mejor: una vida entera vivida con sentimientos encontrados, sin pretender resolverlos del todo. El vértigo de Lima, la depresión del éxito, la felicidad esquiva. Todo eso está en su literatura y en su historia personal. Y quizás esto sea una de las cosas más útiles y prácticas con que podamos quedarnos: lidiar con los sentimientos encontrados no significa eliminarlos. Significa aprender a coexistir con ellos, como él coexistió con los suyos, escribiendo, viajando, volviendo, y siguiendo adelante.
Preguntas frecuentes
¿Qué son los sentimientos encontrados?
Son la coexistencia simultánea de emociones opuestas —como alegría y tristeza, o alivio y miedo— ante una misma situación. La psicología los denomina ambivalencia emocional (Larsen et al., 2001).
¿Es normal tener sentimientos encontrados?
Sí, completamente normal. Investigaciones en psicología emocional muestran que la ambivalencia aparece con frecuencia en transiciones importantes como mudanzas, logros, pérdidas o reencuentros.
¿Cómo manejar los sentimientos encontrados según la psicología?
Las estrategias más respaldadas incluyen: nombrar las emociones con precisión, escribir sobre ellas (Pennebaker, 1997), practicar la autocompasión y evitar la supresión emocional forzada.
Referencias bibliográficas
- Bryce Echenique, A. (2009). La felicidad ja, ja. Anagrama.
- Brown, B. (2010). The Gifts of Imperfection. Hazelden Publishing.
- Larsen, J. T., McGraw, A. P., & Cacioppo, J. T. (2001). Can people feel happy and sad at the same time? Journal of Personality and Social Psychology, 81(4), 684–696.
- Pennebaker, J. W. (1997). Writing about emotional experiences as a therapeutic process. Psychological Science, 8(3), 162–166.
- Seligman, M. E. P. (2011). Flourish: A Visionary New Understanding of Happiness and Well-being. Free Press.
- Storr, A. (1989). Churchill’s Black Dog, Kafka’s Mice, and Other Phenomena of the Human Mind. Grove Press.
- Sussman, N. M. (2002). Testing the cultural identity model of the cultural transition cycle. International Journal of Intercultural Relations, 26(4), 391–408.

