agosto 29, 2026
urbanidad

Urbanidad perdida: cuando las buenas costumbres se olvidaron

Recuerdo con nitidez la tarde en que fui a comprar el Manual de Urbanidad y Buenas Costumbres de Manuel Antonio Carreño a la cachina del centro de Lima —porque el presupuesto familiar no alcanzaba para la librería formal. Era lectura obligatoria en la secundaria, y su autor, el venezolano Carreño, lo había escrito en 1853 con la convicción de que la convivencia civilizada no se improvisa: se enseña, se practica y se transmite. Estoy seguro que mi amigo Hugo More, militar retirado, recuerda ese libro tan bien como yo. Ninguno de los dos imaginó entonces que décadas después la urbanidad que ese manual describía se convertiría en una rareza. Hoy, cuando un pasajero cede el asiento a una anciana en el transporte público, la gente lo mira con sorpresa —como si hubiera hecho algo extraordinario. Y eso, precisamente, es el problema.

urbanidad

La urbanidad en retirada: cómo perdimos las reglas no escritas de la convivencia

La urbanidad siempre tuvo dos capas: las reglas escritas —como las del Manual de Carreño— y las no escritas, que se absorbían por osmosis en el hogar y la escuela. Esas segundas eran las más poderosas porque no necesitaban policía ni reglamento: bastaba la mirada desaprobadora de una madre o el gesto firme de un maestro para que el niño comprendiera que ceder el asiento, no interrumpir y cuidar el espacio compartido no eran opciones sino obligaciones morales. El sociólogo Norbert Elias documentó en El proceso de la civilización (1939) que las normas de convivencia no son innatas —son construcciones culturales que cada generación debe transmitir deliberadamente a la siguiente. Cuando la familia y la escuela abandonan esa transmisión, el resultado no es libertad: es el anciano de pie en el bus, la banca del parque destruida y el vecino con la música a todo volumen sin que nadie lo considere un problema.

urbanidad

La transgresión como espectáculo: cuando la falta de urbanidad se convierte en contenido

Lo que más me preocupa no es que la urbanidad haya decaído —cada generación se ha quejado de la siguiente. Lo que me preocupa es que la transgresión de las buenas costumbres se haya convertido en producto comercial rentable. Conductores de televisión y streamers que lanzan lisuras sin rubor ante millones de espectadores no son víctimas de la decadencia cultural —son sus beneficiarios económicos. El filósofo Byung-Chul Han argumentó en La sociedad de la transparencia (2012) que la cultura digital premia la exhibición sin filtros y penaliza la contención —exactamente lo contrario de lo que la urbanidad exige. El resultado es predecible: las palabras soeces que antes se reservaban para el ámbito privado hoy suenan en la combi, en el parque y en el horario familiar de la televisión, mientras los transgresores acumulan seguidores. El show vende. La falta de urbanidad vende. Y eso hace el problema estructural, no generacional.

La cortesía es la flor de la humanidad. El que no es bastante cortés no es bastante humano

Joseph Joubert, escritor francés, 1754–1824

Recuperar la urbanidad desde la fe y la educación

Como una de mis misiones es dar Buenas Noticias, diré que la buena noticia es que la urbanidad no se legisla —se forma. Y la formación siempre es posible donde hay voluntad y modelo. El teólogo James K. A. Smith argumentó en You Are What You Love (2016) que los hábitos de convivencia no se cambian con argumentos sino con prácticas repetidas en comunidades que los encarnan. La iglesia local, la familia y la universidad cristiana tienen aquí un rol que ninguna política pública puede reemplazar: ser los espacios donde ceder el asiento, hablar con respeto, cuidar el entorno y honrar al prójimo no son actos extraordinarios sino la norma cotidiana. Romanos 12:10 lo articula con una sencillez que ningún manual supera: «Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros». Eso es, en el fondo, todo lo que Carreño intentó enseñar en 1853. Y sigue siendo verdad hoy.

¿Mis profesores necesitaban imponerme ese libro?

Carreño escribió su manual porque vio una sociedad que necesitaba recordar algo que ya sabía: que la libertad de cada uno termina donde empieza la del otro. Esa frase no es de ningún filósofo famoso —es el principio más básico de la urbanidad, y ninguna generación la aprende sola. La cachina donde compré ese libro ya no existe. El centro de Lima tampoco es el mismo. Pero la necesidad de enseñar, modelar y exigir convivencia respetuosa es exactamente la misma que en 1853. El cristiano que devuelve el carrito del supermercado a su lugar, que baja el volumen de la música a las diez de la noche, que cede su asiento sin esperar aplauso —esa persona no está haciendo nada extraordinario. Está siendo civilizado. Y hoy, eso sí es extraordinario.

Preguntas frecuentes (FAQ)

¿Qué es la urbanidad y por qué es importante para la convivencia?

Es el conjunto de normas, hábitos y actitudes que regulan la convivencia respetuosa entre personas en espacios compartidos. Su importancia radica en que sin ella el espacio público se convierte en campo de conflicto donde prevalece quien tiene más fuerza o más descaro. Elias (1939) documentó que las sociedades más cohesionadas son las que transmiten deliberadamente estas normas de generación en generación.

¿Por qué ha decaído la urbanidad en las últimas décadas?

Por la confluencia de tres factores: el debilitamiento de la familia y la escuela como espacios de transmisión de normas de convivencia; la cultura digital que premia la transgresión y penaliza la contención —Byung-Chul Han (2012)—; y la comercialización de la falta de urbanidad como contenido de entretenimiento, que convierte a los transgresores en modelos de referencia con millones de seguidores.

¿Puede recuperarse la urbanidad en una sociedad que ya la perdió?

Sí, pero requiere tiempo y comunidades que la practiquen con consistencia. Smith (2016) argumenta que los hábitos de convivencia se transforman mediante prácticas repetidas en comunidades que los encarnan —no mediante campañas publicitarias ni decretos. La familia, la iglesia y la escuela son los únicos espacios donde esa transformación ocurre de forma sostenida y genuina.

¿Qué dice la fe cristiana sobre el respeto al prójimo y las buenas costumbres?

Romanos 12:10 llama a honrar al prójimo por encima de uno mismo. Gálatas 5:22-23 incluye la mansedumbre y la templanza entre los frutos del Espíritu —virtudes que son, en esencia, urbanidad vivida desde la fe. La cosmovisión bíblica entiende el respeto al prójimo no como convención social sino como consecuencia directa de reconocer en cada persona la imagen de Dios.

Bibliografía

  • Carreño, M. A. (1853/2000). Manual de urbanidad y buenas costumbres. Editorial América.
  • Elias, N. (1939/2016). El proceso de la civilización: Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas. Fondo de Cultura Económica.
  • Han, B. C. (2012/2013). La sociedad de la transparencia. Herder Editorial.
  • Smith, J. K. A. (2016). You are what you love: The spiritual power of habit. Brazos Press.
  • Peña, J. F. (2006). Urbanidad y civismo: Fundamentos éticos de la convivencia ciudadana. Universidad de Los Andes.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *