agosto 29, 2026
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Falacias en el debate presidencial: ¿pudiste detectarlas?

Imagina que estás en una plaza polvorienta del siglo XIX. Dos candidatos se disputan el voto de la gente desde un estrado de madera. Uno de ellos, en lugar de hablar de sus propuestas, señala al rival y grita: «¡Este hombre no puede gobernar porque su padre fue un traidor!» La multitud abuchea. El acusado palidece. Nadie pregunta si el argumento tiene algo que ver con la economía o la seguridad del pueblo. El debate, en ese instante, dejó de ser un debate. Se convirtió en teatro. Pues bien… eso no ocurrió solo en el siglo XIX. Ocurrió ayer, el 23 de marzo de 2026, en el Centro de Convenciones de Lima, durante la primera jornada del debate presidencial organizado por el Jurado Nacional de Elecciones (JNE). Y aunque los estrados ya son de aluminio y los micrófonos son inalámbricos, las falacias siguen siendo las mismas de siempre. Solo que nadie te dijo cómo reconocerlas.

Este post nació justo de eso: de la incomodidad de ver cómo se debaten ideas sin debatirlas realmente. Porque las falacias son errores en el razonamiento —a veces intencionales, a veces no— que hacen que un argumento parezca válido cuando en realidad no lo es (Walton, 1995). Y en política, se usan con una frecuencia que debería alarmarnos a todos.

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Ad Hominem: una de las falacias favoritas

Hay algo casi instintivo en atacar a la persona en lugar de sus ideas. Y no es nuevo, claro. Aristóteles ya lo advertía en su Retórica cuando distinguía entre argumentos válidos y los que solo buscan generar emociones en el auditorio (Aristóteles, trad. 2002). Te pregunto, ¿cuántas veces escuchaste en el debate de ayer que alguien respondía una propuesta señalando los antecedentes judiciales, los errores pasados o hasta el carácter del candidato contrario en lugar de su plan de gobierno?

El ad hominem —que en latín significa «contra el hombre»— es una de las falacias que ataca a la persona que presenta un argumento, en lugar de refutar el argumento mismo (Copi & Cohen, 2007). Es un clásico. Un oldie but goodie del debate político. En mis clases de neurocomunicación hablo mucho de ello porque funciona ya que apela a lo emocional, no a lo racional. Existen tres variantes principales: la directa (insultar o descalificar al oponente), la circunstancial (señalar un supuesto interés personal del otro) y la tu quoque —o «tú también»— que básicamente dice «tú haces lo mismo, así que no tienes derecho a criticarme» (Walton, 1998). Esta última es quizá la más común en la política peruana.

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Ejemplo de ad hominem

Imagina que un candidato propone reducir el gasto público en burocracia. En lugar de responder si esa medida es viable o no, su contrincante dice: «Este candidato no puede hablar de austeridad cuando él mismo tuvo irregularidades en la administración de su empresa». ¿La propuesta de reducir burocracia es buena o mala? No lo sabemos. Nadie lo discutió. El foco se movió de la idea a la persona, y el debate se cerró antes de empezar. Eso es ad hominem en acción.

¿Cómo se debería de responder esto?

Pues, creo que la mejor defensa es nombrar la falacia. Literalmente. «Estás atacando quién soy, no lo que propongo. ¿Tienes algún argumento contra la propuesta en sí?» Esa simple pregunta deja expuesta la maniobra. Pocos saben hacerlo en el calor del debate, pero la opinión pública puede aprender a identificarlo desde casa: cuando un candidato responde una propuesta hablando de la persona, pon pausa mental y pregúntate si se respondió algo real (Weston, 2006).

Más falacias: El hombre de paja

Esta es, si me permiten la opinión, la más tramposa de todas las falacias. Y la más elegante, en un sentido perverso. Funciona así: tomas la posición del otro, la deformas —la exageras, la simplificas, la caricaturizas— y luego atacas esa versión distorsionada como si fuera la original. Es como si alguien dijera que quiere bajar los impuestos a las PYMES y su oponente respondiera: «¡Mi contrincante quiere destruir el Estado y dejar sin educación a los niños!» Nadie dijo eso. Pero suena dramático y la gente reacciona.

El nombre viene de una metáfora bastante gráfica: es más fácil pelear con un espantapájaros de paja que con una persona real. El filósofo Douglas Walton (1996) describe esta falacia como una distorsión deliberada de la posición del interlocutor para hacer que sea más fácil de refutar. La clave está en que se ataca una versión fabricada del argumento, no el argumento verdadero.

En la política latinoamericana —y la peruana no es la excepción— este recurso aparece con frecuencia en los debates sobre seguridad, economía y derechos. Alguien propone diálogo con sectores sociales y de repente se le acusa de querer «entregar el país al comunismo». Tampoco, tampoco. Alguien propone revisar ciertas políticas mineras y aparece como «enemigo del desarrollo». La exageración es la herramienta, el miedo es el resultado.

Ejemplo del hombre de paja

Supón que un candidato propone crear mesas de diálogo con comunidades afectadas por proyectos extractivos antes de aprobarlos. Su oponente responde: «Mi rival quiere paralizar toda la inversión privada en el Perú y hundir nuestra economía». Nadie habló de paralizar la inversión. Se habló de diálogo previo. Pero la versión caricaturizada es mucho más fácil de atacar que la original. El público que no conoce la propuesta real puede quedarse con esa imagen distorsionada. Eso es exactamente lo que busca esta falacia.

¿Cómo se debería de responder esto?

La respuesta es clara: regresar al argumento original con precisión. «Lo que yo dije fue esto —y puedes citar textualmente—, no lo que acabas de describir. ¿Tienes algún argumento contra lo que realmente propuse?» Como ciudadano o ciudadana, una buena práctica es buscar la declaración original del candidato antes de juzgar la versión que ofrece su rival. No te quedes con el resumen del otro. Las fuentes primarias existen (Tindale, 2007).

Ad Verecundiam: una de las falacias donde el «experto» no es suficiente

Acá hay un matiz importante que vale la pena aclarar. No toda apelación a una autoridad es una falacia. Si un médico dice que tal vacuna es segura y lo respaldan estudios clínicos, eso es legítimo. El problema aparece cuando se invoca la autoridad de alguien para cerrar un debate, sin presentar evidencia, o cuando esa «autoridad» no tiene competencia real en el tema que se discute (Hamblin, 1970).

La falacia Ad Verecundiam —que en latín podría traducirse como «apelación al respeto» o «apelación a la reverencia»— ocurre cuando se usa el prestigio, el cargo o la fama de alguien como argumento definitivo, sin más evidencia de por medio (Copi & Cohen, 2007). En debates políticos esto aparece todo el tiempo: «Los mejores economistas del mundo respaldan mi plan» o «El FMI ha dicho que mi propuesta es la correcta». Ya, pero ¿Cuál economista? ¿Qué estudio? ¿En qué contexto?

En la Edad Media, la autoridad de Aristóteles era tan grande que decir «Aristóteles lo dijo» cerraba cualquier discusión filosófica o científica. Hasta que Galileo, Copérnico y otros empezaron a hacer algo radical: mirar la evidencia directamente, en lugar de leer qué dijo el griego hace dos mil años. La lección no perdió vigencia (Toulmin, 2003).

Ejemplo de Ad Verecundiam

Un candidato presenta su plan económico y dice: «Este plan ha sido evaluado por los mejores expertos de Harvard y todos lo respaldan». Ningún nombre. Ni un informe. Ningún enlace. Solo la palabra «Harvard» como escudo argumental. El auditorio asiente porque Harvard suena confiable. Pero si no hay evidencia verificable detrás de esa afirmación, estamos ante una falacia. El nombre de la institución reemplaza al argumento.

¿Cómo se debería de responder esto?

Pide la fuente. Siempre. «¿De qué estudio hablas? ¿Puedes citarlo?» No es descortesía, es diligencia epistémica básica. Como ciudadano, aprende a distinguir entre una referencia verificable y un nombre famoso usado como decoración. Si el candidato no puede citar la fuente concreta, la autoridad invocada no prueba nada (Walton, 1997).

Ad Populum: cuando «todo el mundo lo dice»

Y llegamos a la falacia más democrática —o más anti-democrática, según se mire— de todas. El Ad Populum, o apelación a la mayoría, es el argumento que dice: «Mucha gente lo cree, o lo quiere, o lo apoya, entonces debe ser verdad o correcto». Es, básicamente, el populismo lógico. Y en una campaña electoral, es devastadoramente efectivo porque conecta directamente con el deseo de los candidatos de aparecer como voceros de la voluntad popular.

El filósofo Irving Copi ya advertía en los años cincuenta que la verdad no se decide por votación (Copi & Cohen, 2007). Que millones de personas crean algo no lo convierte en verdadero. Durante siglos, la mayoría de la humanidad creyó que la Tierra era plana. Eso no la aplastó. La evidencia, eventualmente, venció a la mayoría. En política, esta falacia aparece en frases como «El pueblo peruano me pide que haga X» o «La gente en las calles me dice que quiere Y, por eso esa es la solución». La popularidad de una idea y su validez son cosas distintas. Una puede existir sin la otra. Claro que en democracia la voluntad popular importa —y mucho— pero eso es diferente a usarla como argumento para cerrar un debate técnico o evitar rendir cuentas (Tindale, 2007).

Ejemplo de Ad Populum

Un candidato propone la pena de muerte para ciertos delitos. Ante las críticas técnicas sobre su eficacia como disuasivo del crimen —que la evidencia criminológica, por cierto, no respalda— responde: «Las encuestas muestran que el 70% de los peruanos la apoya. Eso es suficiente». Puede que el 70% la apoye. Pero eso no responde si funciona o no. La popularidad de una política no la hace efectiva ni justa. Eso es ad populum puro.

¿Cómo se debería de responder esto?

Separar la popularidad de la validez. «Que muchos lo apoyen no demuestra que funcione. ¿Qué evidencia hay de que esta política logra los resultados que promete?» Esto no es antipopular ni elitista: es simplemente exigir que las políticas públicas tengan sustento más allá de la simpatía colectiva. Una ciudadanía que pide evidencia es más difícil de manipular (Weston, 2006).

Necesitamos escuchar los debates con otros oídos

Escribir este post fue, lo confieso, un proceso algo desordenado. Porque estas falacias no son categorías nítidas y separadas en la realidad. Se mezclan. Un candidato puede usar ad hominem y luego rematar con ad populum en el mismo minuto. El hombre de paja puede venir envuelto en una cita de autoridad. Son herramientas retóricas que se combinan, se superponen, se potencian.

Pero lo importante es esto: tengo la impresión de que ahora, estas falacias las vas a ver en todas partes. En el debate presidencial del martes y el miércoles. También en redes sociales y noticieros. E, incluso, en las conversaciones familiares del domingo. Y cuando las veas, vas a poder hacer lo que muy pocos hacen: pausar, nombrar la trampa y preguntar por el argumento real. La lógica informal no es solo materia universitaria. Es una herramienta de supervivencia democrática. Como escribió el filósofo Anthony Weston (2006): «Argumentar bien no es ganar discusiones, es pensar con claridad». Y en un país con treinta y cinco candidatos presidenciales, pensar con claridad no es un lujo. Es una urgencia.

Preguntas frecuentes (FAQ)

¿Qué es una falacia lógica?

Una falacia lógica es un error en el razonamiento que hace que un argumento parezca válido o convincente cuando en realidad no lo es. Puede ser intencional —usada para manipular— o involuntaria, producto de pensar con descuido (Copi & Cohen, 2007).

¿Cuál es la diferencia entre ad hominem y una crítica legítima?

Una crítica legítima ataca el argumento o la propuesta de alguien. El ad hominem ataca a la persona que presenta el argumento, sin refutar el argumento mismo. Señalar que un candidato tiene antecedentes judiciales puede ser relevante para evaluar su idoneidad para el cargo, pero no invalida automáticamente sus propuestas (Walton, 1995).

¿Cuándo la apelación a la autoridad no es una falacia?

Cuando la autoridad invocada es genuinamente experta en el tema en cuestión, y cuando su opinión puede verificarse mediante fuentes concretas. Si un epidemiólogo con publicaciones peer-reviewed respalda una política de salud pública, eso es una referencia válida, no una falacia (Hamblin, 1970).

¿Cómo identificar el hombre de paja en un debate político?

Pregúntate: ¿el candidato que responde está describiendo con precisión lo que dijo el otro, o está exagerando y simplificando? Si la versión que presenta es más extrema o más fácil de atacar que la original, probablemente estás ante un hombre de paja (Walton, 1996).

¿Por qué el ad populum es tan efectivo en política?

Porque en democracia la mayoría tiene poder legítimo, y eso hace que apelar a ella suene razonable. Pero la diferencia entre democracia y demagogia está en que la primera respeta la evidencia y el debate racional, mientras que la segunda usa la voluntad popular como argumento absoluto para cerrar discusiones (Tindale, 2007).

¿Hay falacias que no son siempre malas?

Sí, hay argumentos que en ciertos contextos son aceptables aunque tengan estructura similar a una falacia. Por eso la lógica informal es un campo matizado. La clave siempre está en si el argumento acompaña o reemplaza a la evidencia.

Referencias bibliográficas

  • Aristóteles. (2002). Retórica (Q. Racionero, trad.). Gredos. (Obra original del siglo IV a.C.)
  • Copi, I. M., & Cohen, C. (2007). Introducción a la lógica (14.ª ed.). Limusa.
  • Hamblin, C. L. (1970). Fallacies. Methuen.
  • Tindale, C. W. (2007). Fallacies and argument appraisal. Cambridge University Press.
  • Toulmin, S. E. (2003). The uses of argument (2.ª ed.). Cambridge University Press.
  • Walton, D. (1995). A pragmatic theory of fallacy. University of Alabama Press.
  • Walton, D. (1996). The argument of the beard and the slippery slope. Kluwer Academic.
  • Walton, D. (1997). Appeal to expert opinion: Arguments from authority. Pennsylvania State University Press.
  • Walton, D. (1998). Ad hominem arguments. University of Alabama Press.
  • Weston, A. (2006). Las claves de la argumentación (J. F. Malem Seña, trad.). Ariel. (Obra original: A rulebook for arguments, 1987.)

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