El alcalde de la Viña de Ñaña —pueblo ficticio, pero la historia podría ocurrir en cualquier lugar— llegó al poder prometiendo pistas y veredas. Era un hombre honesto; lo había sido siempre. Sin embargo, tres años después firmó un contrato irregular que beneficiaba a un primo. Cuando le preguntaron cómo había sucedido esto, no supo qué responder. Esta es una historia que inventé cuando leí que Transparencia Internacional publicó, en febrero de 2026, que el Perú obtuvo 30 puntos sobre 100 en su índice de percepción de la corrupción —uno de los peores de América Latina. El país reacciona con rabia, con memes, con protestas en redes sociales. Pero casi nadie se hace la pregunta más incómoda: ¿qué pasa, exactamente, en el cerebro de alguien que decide corromperse?
La corrupción viene del latín corrumpere: podrir, echar a perder. Y la neurociencia tiene algo que decir sobre ese proceso de pudrición — lo voy a decir con todas sus letras aunque no sea lo que muchos quisieran escuchar.

La corrupción y el área cerebral que funciona como freno
Hay una región del cerebro que, si pudiera hablar, diría «espera, hermanito, piénsalo bien». Se llama corteza prefrontal ventromedial (CPFVM) y es fundamental para evaluar riesgos, integrar la emoción en las decisiones y, sobre todo, medir las consecuencias morales de lo que hacemos. Cuando funciona bien, es como un freno. Cuando falla — por lesión, por trastorno, o simplemente porque no maduró del todo — las decisiones antisociales se vuelven mucho más probables [1].

Miremos esto con ojo futbolístico: supongamos que la CPFVM es el árbitro del partido. Cuando ese árbitro está distraído o simplemente no está, el juego se descontrola. Y lo interesante es que hoy podemos ver esa distracción (gracias al VAR). La resonancia magnética funcional (RMF) permite observar en tiempo real cómo ciertas personas con trastornos de la personalidad antisocial procesan —o más bien, no procesan— las señales que deberían inhibir una conducta deshonesta [2]. Pero esto no significa, por si acaso, que todo corrupto tenga una lesión cerebral. Para nada. Significa que existen variaciones neurobiológicas que predisponen — no determinan — ciertos comportamientos. La diferencia entre predisposición y destino es enorme, como ya lo sabes.
La CPFVM es la región que integra la emoción y el juicio moral en la toma de decisiones cotidianas
(Koenigs et al., 2007, Nature).

La oxitocina, la corrupción y el lado oscuro
Si la CPFVM es el árbitro, la oxitocina es… bueno, es complicada. Se la conoce como la «hormona del amor» porque refuerza los vínculos afectivos, la confianza y la empatía. Pero tiene un lado oscuro que la ciencia tardó en reconocer. Investigadores japoneses del Instituto Nacional de Ciencias Radiológicas encontraron —en un estudio publicado en Science— que la oxitocina puede potenciar tanto los sentimientos prosociales como los negativos: la envidia, la sensación de superioridad, incluso el regocijo ante el fracaso ajeno (schadenfreude). Todo depende del estado emocional de la persona en el momento en que la hormona es secretada [3].
En términos sencillos: si alguien ya alberga resentimiento o envidia hacia sus colegas, un aumento de oxitocina puede amplificar esa emoción negativa en lugar de suavizarla. Laso (2012) lo plantea directamente en un ensayo que me hizo mucho bien leer: la oxitocina puede convertirse en el combustible bioquímico que alimenta conductas de favoritismo, nepotismo y abuso de poder — formas clásicas de corrupción [4].

En la década del 70 recuerdo haber visto una película sobre Idi Amin. Un ejemplo histórico que nos cae a pelo—ya que empezó su mandato en Uganda con cierta legitimidad popular. Pero terminó construyendo una red de lealtades tribales y familiares que él protegía a cualquier costo. No pretendo hacer un diagnóstico neurológico póstumo; eso sería irresponsable de mi parte. Pero lo traigo a colación por la frase que Idi Amin dijo —«yo cuido a los míos y a los demás que les vaya como les vaya»— encaja perfectamente con lo que la neurociencia describe cuando la oxitocina refuerza el endogrupo y deshumaniza al exogrupo [5].
A menor equilibrio en los niveles de esta hormona, mayores sentimientos discrepantes en la socialización. Y a mayor desconfianza generalizada… bueno, ya te imaginarás cómo va a terminar eso.

¿Es cierto que existe un «cerebro corrupto»?
Llegamos a la pregunta que me ha inquietado desde hace unos 40 años cuando me hice miembro de una iglesia: ¿nacemos corruptos? Creo que la respuesta corta es no. La respuesta larga también es no, pero la acompañaré con matices que vale la pena entender. Mi investigación dice que el cerebro humano es plástico. Cambia con la experiencia. Un entorno de alta impunidad, donde la corrupción produce recompensas visibles y no produce castigos reales, literalmente entrena al cerebro para normalizar esas conductas. El sistema de recompensa dopaminérgico —ese circuito que nos hace sentir bien cuando obtenemos algo que queremos— no distingue entre una recompensa honesta y una deshonesta. Aprende lo que funciona [6].

Si me permiten una opinión (no de especialista) diría que: la corrupción no es una enfermedad neurológica. Es un comportamiento aprendido que ocurre dentro de un contexto social específico. O sea, el alcalde ficticio de Viña de Ñaña no nació con el gen de la deshonestidad. Fue aprendiendo, poco a poco. Aprendió que ciertos atajos eran posibles, como nadie los sancionaba, como «todos lo hacen». El cerebro simplemente siguió esa lógica: si no hay consecuencias ¡vamos pa´lante!
Esto es muy serio ¿no? Implica que: si el contexto moldea el cerebro, entonces cambiar el contexto puede cambiar la conducta. Transparencia, instituciones fuertes, castigo efectivo, cultura de rendición de cuentas — todo eso no es solo política pública abstracta. Es, literalmente, como un programa de reentrenamiento neurológico a escala social que tanta falta nos hace.

El cerebro que elegimos tener
Volvamos al alcalde. Su historia no termina con la firma del contrato corrupto. Termina con la pregunta: ¿en qué momento el contexto venció a su freno prefrontal? ¿Cuántas veces vio que otros lo hacían impunemente antes de ceder? Recuerda que él había sido una persona honesta y de buen prestigio. La neurociencia nos dice que tenemos circuitos para el juicio moral —y que funcionan mejor en entornos que los refuerzan. Nos dice que la oxitocina puede hacernos más solidarios o más tribales, según el suelo emocional donde caiga. Nos dice que la CPFVM puede ser entrenada o atrofiada por la experiencia.
La corrupción no es inevitable. No está grabada en ningún gen. Pero sí florece en ciertos cerebros, en ciertos contextos, con cierta facilidad. Y la mejor vacuna que conocemos —más que ningún decreto o ley— es cambiar el contexto social donde ese cerebro se forma. Eso, en el fondo, es lo que deberíamos de estar discutiendo en el Perú cuando leemos el índice de Transparencia Internacional.
Preguntas frecuentes
¿La corrupción tiene una base neurológica?
Sí, parcialmente. La disfunción de la corteza prefrontal ventromedial (CPFVM) se asocia con menor capacidad para inhibir conductas antisociales. Sin embargo, la neurobiología establece predisposiciones, no determinismos: el contexto social y el aprendizaje son factores igualmente decisivos.
¿Nacemos corruptos?
No. La corrupción es una conducta aprendida que el cerebro normaliza cuando el entorno la refuerza con recompensas y ausencia de consecuencias. La plasticidad cerebral implica que los contextos de alta impunidad entrenan al cerebro para aceptar comportamientos deshonestos.
¿Qué papel juega la oxitocina en la corrupción?
La oxitocina amplifica los sentimientos sociales presentes: puede reforzar tanto la empatía como la envidia o el favoritismo. En contextos de desconfianza o resentimiento, favorece conductas de endogrupo que alimentan el nepotismo y el abuso de poder.
¿Se puede detectar la corrupción con neuroimagen?
La resonancia magnética funcional (RMF) puede identificar patrones de hipofuncionalidad en la CPFVM asociados a trastornos de personalidad antisocial. Sin embargo, no existe ningún «escáner anticorrupción»: la neuroimagen informa sobre tendencias estadísticas en grupos clínicos, no sobre el comportamiento de un individuo específico.
¿Cómo puede la sociedad reducir la corrupción desde una perspectiva neurológica?
Cambiando el contexto social. El cerebro aprende lo que funciona: si la corrupción produce castigos reales y la honestidad produce recompensas sociales, los circuitos de aprendizaje se reorientan. Instituciones fuertes, transparencia y cultura de rendición de cuentas son, en ese sentido, una forma de intervención neurológica colectiva.
Referencias bibliográficas
- Ostrosky-Shejet, F., Rueda-Medina, M. A., & Arias-Trejo, N. (2016). Neurobiología de la agresión y la violencia. Anuario de Psicología Jurídica, 26(1), 70–82. https://doi.org/10.1016/j.apj.2016.03.001
- Koenigs, M., Young, L., Adolphs, R., Tranel, D., Cushman, F., Hauser, M., & Damasio, A. (2007). Damage to the prefrontal cortex increases utilitarian moral judgements. Nature, 446, 908–911. https://doi.org/10.1038/nature05631
- Takahashi, H., Kato, M., Matsuura, M., Mobbs, D., Suhara, T., & Okubo, Y. (2009). When your gain is my pain and your pain is my gain: Neural correlates of envy and schadenfreude. Science, 323(5916), 937–939. https://doi.org/10.1126/science.1165604
- Laso, E. (2012). Oxitocina, confianza y corrupción: una teoría sistémica del camino al autoritarismo. Índice. Revista de Estadística y Sociedad, 69, 22–25.
- Gómez Molina, Á. L., Restrepo Velásquez, A. A., & Gómez Molina, J. F. (2012). La hormona oxitocina: neurofilosofía de la vida social y emocional del ser humano. Uni-pluri/versidad, 12(3), 101–106.
- Garrido Genovés, V. (2013). La conducta antisocial a la luz de las ciencias del cerebro. Behavioral Psychology / Psicología Conductual, 21(1), 111–134. https://www.researchgate.net/publication/257921156

