Maya Angelou ganó el Premio Pulitzer, escribió autobiografías que cambiaron generaciones y recitó un poema en la investidura de un presidente de los Estados Unidos. Y con todo eso, un día confesó públicamente algo que muy pocos esperaban escuchar de ella. Ella dijo: «he escrito once libros, pero cada vez que termino uno pienso: ahora sí me van a descubrir» ¿Sabes que esa sensación tiene nombre? Sí, se denomina el síndrome del impostor. Y se trata de algo que lo puede sufrir cualquiera sin importar su talento, título ni trayectoria. Cualquiera de nosotros podría estar sintiéndose así ahora mismo. Entonces, la pregunta no es si lo padeces; la pregunta es qué haces con él.

¿Qué es el síndrome del impostor?
Para empezar, debo decir que esto no es nuevo. En 1978 las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes acuñaron el término. Lo denominaron así luego de estudiar a mujeres académicas muy sobresalientes, pero que atribuían sus éxitos a la suerte, el error ajeno o el engaño inconsciente. O sea, nunca atribuyeron su éxito a su propia capacidad. Décadas de investigación posterior demostraron que el síndrome del impostor afecta al 70 % de la población en algún momento de su vida, según Sakulku y Alexander (2011) en el International Journal of Behavioral Science. Este fenómeno, en un campus universitario, se amplifica. Por eso, podemos ver estudiantes de primer año rodeados de compañeros que parecen más preparados, más seguros y más brillantes. Ese «parecer» es la trampa —nadie ve los miedos ajenos, solo los propios.

Los efectos serios del síndrome del impostor
La vida se encarga de mostrarnos que cuando nadie nombra lo que siente, el problema crece ¿Te fijaste en eso? La investigación de Vergauwe et al. (2015) en el Journal of Vocational Behavior documentó que el síndrome del impostor produce dos respuestas opuestas pero igualmente dañinas. Una primera respuesta es: el exceso de trabajo compulsivo para «no ser descubierto». Nos mostramos sumamente ocupados para demostrar que, efectivamente, esa es la razón de nuestro éxito. Una segunda respuesta es la procrastinación. Postergamos tareas, no realizamos acciones, por miedo al fracaso que confirme así la supuesta mediocridad. Ambas destruyen el bienestar, el rendimiento y las relaciones. Incluso, creo que algunos van más lejos y sufren un daño mucho mayor. Por ejemplo aquellas personas que admiten la posibilidad de que Dios se equivocó al llamarlo, al darle un talento, al colocarlo exactamente donde está. Esa mentira es más vieja que la universidad —es tan vieja como el Edén.

Soluciones espirituales y prácticas para vencer el síndrome del impostor
En la historia sagrada, Elías —el profeta que había convocado fuego del cielo— le dijo a Dios «solo yo he quedado». Como persona se sentía un fraude que había tenido la «suerte» de sobrevivir en un mundo que lo superaba. Dios no le discutió las estadísticas: le dio pan, descanso y una misión renovada. Eso es exactamente lo que la psicología positiva y la teología evangélica convergen en recomendar para el síndrome del impostor: primero, nombrar el fenómeno —Clance desarrolló una escala clínica para identificarlo. En segundo lugar, no enfocarse en el rendimiento o productividad, sino en la identidad de ser llamado por Dios. Y tercero, participar en una comunidad confiable en la cual se pueda compartir la vulnerabilidad que tenemos. Aquí hay que recordar que el secreto es el oxígeno con que este síndrome respira. Si lo guardas o lo ocultas el síndrome crecerá.
Preguntas frecuentes
¿Qué es el síndrome del impostor y quién lo padece?
Es un patrón psicológico en el que una persona atribuye sus logros a la suerte o al engaño, no a su propia capacidad, temiendo ser «descubierta» como fraude. Afecta al 70 % de las personas en algún momento de su vida (Sakulku y Alexander, 2011) y es especialmente frecuente en entornos académicos de alto rendimiento.
¿Cuáles son los síntomas del síndrome del impostor en universitarios?
Incluyen atribuir los éxitos a la suerte, miedo intenso a ser «descubierto», perfeccionismo compulsivo o procrastinación paralizante, dificultad para aceptar reconocimientos y comparación constante y desfavorable con los compañeros. Vergauwe et al. (2015) documentaron que ambas respuestas —el exceso de trabajo y la parálisis— dañan el bienestar y el rendimiento.
¿Cómo puede la fe cristiana ayudar a superar el síndrome del impostor?
La cosmovisión bíblica ofrece una identidad basada en el llamado divino, no en el rendimiento comparativo. Efesios 2:10 afirma que cada creyente es hechura de Dios, creado para propósitos específicos. Esta base teológica reemplaza la narrativa del fraude con la narrativa del llamado, que es el antídoto más profundo al síndrome del impostor.
¿Tiene cura el síndrome del impostor?
No tiene «cura» definitiva, pero sí manejo efectivo. Nombrar el fenómeno, construir una narrativa de identidad sólida, practicar la vulnerabilidad en comunidades de confianza y buscar acompañamiento psicológico cuando interfiere con el funcionamiento cotidiano son las estrategias con mayor evidencia de efectividad.
Bibliografía
- Clance, P. R., & Imes, S. A. (1978). The impostor phenomenon in high achieving women. Psychotherapy: Theory, Research & Practice, 15(3), 241–247. https://doi.org/10.1037/h0086006
- Sakulku, J., & Alexander, J. (2011). The impostor phenomenon. International Journal of Behavioral Science, 6(1), 75–97. https://doi.org/10.14456/ijbs.2011.6
- Vergauwe, J., Wille, B., Feys, M., De Fruyt, F., & Anseel, F. (2015). Fear of being exposed. Journal of Vocational Behavior, 90, 153–163. https://doi.org/10.1016/j.jvb.2015.07.002
- Young, V. (2011). The secret thoughts of successful women: Why capable people suffer from the impostor syndrome. Crown Business.
- Manning, B. (2000). Abba’s child: The cry of the heart for intimate belonging. NavPress. [Clásico evangélico sobre identidad en Cristo frente al perfeccionismo]

