agosto 29, 2026
gobernar y comunicar

Gobernar y comunicar: ¿los medios son realmente neutrales?

El hombre pequeño se acomoda sobre un sillón al que nadie tuvo la cortesía de adaptar para el nuevo ocupante. Cabello engominado con prolijidad. Bigotillos perfectamente recortados que le dan un aire de hombre de pocas pulgas. Tose levemente, extiende la mano y acerca a sus labios un micrófono con forma de granada. Es Adolfo Hitler. Es el 30 de enero de 1945 y Goebbels —su ministro de propaganda— no ha escatimado esfuerzos para que el dictador lance su discurso a través de la Volksempfänger, cuyo eslogan era tan simple como ominoso: «Toda Alemania escucha al Führer». Desde entonces mucha agua ha corrido bajo el puente. Pero la pregunta que ese micrófono en forma de granada dejó instalada en la historia no ha perdido un gramo de urgencia: ¿qué sucede exactamente cuando un gobernante hace uso de los medios de comunicación? ¿Informa, o construye realidades a su medida?

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Los medios de comunicación no son neutrales: McLuhan tenía razón

Hubo un tiempo en que los medios de comunicación se consideraban «tecnología neutra» —simples canales que transportaban mensajes sin alterarlos. Llegó Marshall McLuhan en 1964 con su Understanding Media y desmontó esa ingenuidad con una frase que todavía resuena: «El medio es el mensaje». Los medios no son canales vacíos e inocuos: su estructura y lógica modifican profundamente la forma en que pensamos, nos relacionamos y nos organizamos como sociedad. La radio de Hitler no solo transmitió palabras —rompió paredes, metió la voz del Führer directamente en la intimidad del hogar y creó algo que un mitin nunca hubiera producido: una masa unificada, hipnotizada y obediente sin necesidad de moverse de su sala. Luego llegó Hugo Chávez con Aló Presidente —a veces ocho horas ininterrumpidas— y produjo algo diferente pero igualmente poderoso: una audiencia adicta al espectáculo y a la confrontación ideológica como menú diario. No hipnotizada como la de Hitler. Enviciada. Y esa diferencia importa en cuanto a gobernar y comunicar.

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La mañanera, el show y los medios de comunicación como escenario del poder

México ofrece el capítulo más reciente y más estudiado de este fenómeno de gobernar y comunicar. López Obrador convirtió la conferencia matutina —la llamada «mañanera»— en un ritual diario de construcción narrativa donde los medios de comunicación funcionaban como escenario teatral del poder: el presidente como protagonista indiscutible, los periodistas como extras y la audiencia como jurado al que había que convencer antes del desayuno. Su sucesora Claudia Sheinbaum heredó el formato con otros matices, pero la misma lógica subyacente: gobernar es también narrar, y quien controla la narrativa controla la agenda. El politólogo Manuel Castells documentó en Comunicación y Poder (2009) que en la era de las redes, el poder político se ejerce cada vez más a través de la construcción de marcos narrativos que determinan qué es real, qué es urgente y quién es el enemigo. El gobernante que domina ese proceso tiene una ventaja que ninguna ley electoral puede igualar.

El medio no es solo el mensaje — es el masaje. Nos amasa, nos moldea, nos transforma sin que lo notemos.

 Marshall McLuhan, The Medium is the Massage, 1967

Los medios de comunicación en el Perú: ¿cómo vamos?

En el Perú, Keiko Fujimori viene siendo cuestionada por el uso intensivo de medios de comunicación tradicionales y redes sociales en un momento en que, según sus adversarios, hay medidas urgentes esperando ser implementadas. Ella responde con una frase que suena razonable: «gobernar significa también comunicar.» Y tiene razón —en parte. El problema no es comunicar: es cuándo, cuánto y para qué. Cuando la comunicación política sustituye a la gestión en lugar de acompañarla, se convierte en lo que el politólogo Giovanni Sartori llamó «videocracia»: el gobierno de las imágenes por encima de las políticas públicas. Fujimori conoce bien el poder mediático —creció dentro de él— pero esa familiaridad puede convertirse en trampa: confundir presencia en pantalla con legitimidad política, y visibilidad mediática con resultados concretos. El ciudadano peruano conoce las implicancias de gobernar y comunicar. Ya vivió ese espejismo en carne propia, sabe distinguir entre el gobernante que comunica para rendir cuentas y el que comunica para no rendirlas.

La complicidad en la construcción del poder

Hitler usó la radio para hipnotizar. Chávez usó la televisión para adictar. AMLO usó la mañanera para narrar. Y los medios de comunicación en todos los casos no fueron neutrales —fueron cómplices activos de la construcción del poder. McLuhan lo advirtió hace sesenta años: el medio moldea al mensaje y al receptor antes de que ninguno se dé cuenta. La pregunta que le queda al ciudadano —peruano o de cualquier latitud— no es si su gobernante comunica bien. Es si lo que comunica corresponde a lo que hace. Y si las horas frente al micrófono se traducen en agua potable, seguridad y justicia, o solo en más horas frente al micrófono. Esa es la única métrica que importa. Todo lo demás es espectáculo.

Preguntas frecuentes (FAQ)

¿Son neutrales los medios de comunicación?

No. McLuhan demostró en 1964 que la estructura y lógica de cada medio modifica profundamente el mensaje que transmite y la audiencia que lo recibe. La radio crea masa uniforme; la televisión crea espectadores pasivos; las redes sociales crean cámaras de eco. Ningún canal es transparente: cada uno impone su propia gramática sobre el contenido que porta.

¿Cuándo la comunicación gubernamental se convierte en propaganda?

Cuando su objetivo deja de ser informar para rendir cuentas y pasa a ser construir adhesión emocional prescindiendo de los hechos. Goebbels lo sistematizó; Chávez lo teatralizó; las redes sociales lo democratizaron. La línea es delgada pero identificable: la propaganda simplifica, polariza, personaliza el poder y descalifica al adversario sin argumentos. El periodismo verificado es su único antídoto efectivo.

¿Tiene razón Keiko Fujimori cuando dice que gobernar es también comunicar?

Parcialmente. La comunicación es una dimensión legítima e inevitable del gobierno moderno. El problema surge cuando la visibilidad mediática sustituye a la gestión en lugar de acompañarla. Sartori llamó a ese fenómeno «videocracia»: el gobierno de las imágenes sobre las políticas públicas. El criterio del ciudadano debería ser siempre el mismo: ¿la comunicación rinde cuentas de resultados reales, o los reemplaza?

¿Qué responsabilidad tienen los ciudadanos ante la comunicación del poder?

La del receptor crítico: contrastar lo que el gobernante comunica con lo que efectivamente produce, diversificar las fuentes de información para evitar las cámaras de eco, y distinguir entre la emoción que genera un discurso y la evidencia que respalda una política. Castells (2009) argumenta que la ciudadanía que domina los códigos de la comunicación digital tiene más herramientas que nunca para ese ejercicio —si decide usarlas.

Bibliografía

  • Castells, M. (2009). Comunicación y poder. Alianza Editorial.
  • McLuhan, M. (1964). Understanding media: The extensions of man. McGraw-Hill.
  • McLuhan, M., & Fiore, Q. (1967). The medium is the massage. Bantam Books.
  • Sartori, G. (1998). Homo videns: La sociedad teledirigida. Taurus.
  • Pratkanis, A., & Aronson, E. (2001). Age of propaganda: The everyday use and abuse of persuasion. W. H. Freeman.

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